Hoy, martes 28 de abril, concluye el viaje a Roma de Sarah Mullally, nombrada en octubre pasado arzobispa de Canterbury, primada de la iglesia anglicana, e instalada oficialmente el 25 de marzo. Ayer, la etapa más significativa de la peregrinación se caracterizó por el encuentro con León XIV, seguido de oración en común, en la Capilla de Urbano VIII.
El Papa, que recordó los sesenta años de la declaración común entre Pablo VI y Michael Ramsey que iniciara el diálogo ecuménico entre la Iglesia católica y la Comunión anglicana, exhortó a «ser constantes en nuestras oraciones y en nuestros esfuerzos para remover cualquier piedra de tropiezo que obstaculice la proclamación del Evangelio». León XIV no ocultó, sin embargo, la dificultad y complejidad de este diálogo: «Aunque se han hecho muchos progresos en cuestiones históricamente divisivas, en las últimas décadas han surgido nuevos problemas, haciendo el camino hacia la plena comunión más difícil de discernir. Sé que también la Comunión anglicana está enfrentando muchas de las mismas cuestiones en el presente».
No es difícil deducir que uno de estos «nuevos problemas» surgidos en las últimas décadas, que está dividiendo también la misma Comunión anglicana, estaba presente en carne y hueso ante el papa. No se trata de las cualidades morales de la señora Mullally, sino del hecho objetivo de que su nombramiento constituye la triste consolidación de uno de los más importantes puntos de ruptura, en la historia reciente del diálogo ecuménico entre la Iglesia católica y los anglicanos, es decir, la posibilidad de conferir los órdenes sagrados del diaconado, del presbiterado y del episcopado a las mujeres.
La primera «apertura» por parte anglicana a las ordenaciones sacerdotales femeninas llegó con el Sínodo de 1987, cuya decisión fue luego confirmada en 1992. Habrá que esperar hasta 2008 para registrar la aprobación para las ordenaciones episcopales en rosa, que en menos de veinte años ha llevado la iglesia anglicana, por primera vez en su historia, a tener una primada mujer. Y, por ironía del destino, o, si lo prefieren, caprichos de la Providencia, la «arzobispa» se ha encontrado como interlocutora un pontífice que lleva el mismo nombre de aquel que en 1896, en la carta apostólica Apostolicæ curæ, había declarado de modo definitivo ser nulas e inválidas las ordenaciones anglicanas.
Parece, sin embargo, que en el Vaticano no han captado propiamente las consecuencias de esta declaración, ni tampoco de la enseñanza igualmente definitiva de Juan Pablo II acerca de la imposibilidad de conferir los órdenes sagrados a las mujeres. La fotografía de la

«arzobispa» bendiciendo junto a la tumba del Apóstol Pedro, con mons. Flavio Pace, desde 2024 secretario del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, que inclina la cabeza y se santigua, está generando mucha discusión. Y con razón.
En el Vaticano debe haber un problema con las comunicaciones, no menos que con las bendiciones. Y un problema bastante serio. El Dicasterio para la Doctrina de la Fe, con la declaración Fiducia supplicans, había pretendido bendecir lo que no es posible bendecir (es decir, las parejas homosexuales); ahora, el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos permite que bendiga quien no puede bendecir. León XIV acaba de tener tiempo de reafirmar la necesidad de que el objeto de la bendición sea ordenado, aclarando que no pueden ser bendecidas las parejas homosexuales, sino solo las personas, cuando de inmediato en el Vaticano cometen otra torpeza, esta vez respecto al sujeto que puede impartir las bendiciones.
Ciertamente, también un laico puede bendecir a alguien o algo, en el sentido de que puede invocar la bendición de Dios, como cuando un padre traza el signo de la cruz sobre sus hijos antes de dormir o antes de que salgan de casa. Pero no consta que la señora Mullally sea la madre de mons. Pace y es bastante evidente que la gestuosidad bendiciente de la «arzobispa» aparece decididamente sacerdotal: la imagen habla más que muchos discursos. Un obispo que se inclina para recibir la bendición de la señora Mullally crea al menos cierta confusión en materia de sacramentales y órdenes sagrados, porque para un católico normal esa gestuosidad indica propiamente una bendición sacerdotal. Y la señora Mullally no es sacerdote ni obispo por dos razones de extrema importancia: porque la ordenación de una mujer es nula y porque las ordenaciones anglicanas son inválidas. No es cuestión de respeto mutuo ni de hospitalidad litúrgica, sino de respetar y custodiar la verdad del signo sacramental; ¿qué mensaje pasa cuando se permite a una «episcopisa» bendecir en el corazón de la Iglesia católica y cuando un obispo católico se inclina para recibir esa bendición?
La respuesta no es difícil; difícil en cambio es pensar en la buena fe de quien ha orquestado esta farsa. Difícil es también creer que el secretario de ese Dicasterio que declara tener como guía el decreto del Concilio Vaticano II, Unitatis Redintegratio, no haya leído precisamente la conclusión del mismo: «Este sagrado Concilio exhorta a los fieles a abstenerse de toda ligereza o celo imprudente, que pudiera dañar el verdadero progreso de la unidad. Pues su acción ecuménica no puede ser sino plenamente y sinceramente católica, es decir, fiel a la verdad que recibimos de los apóstoles y de los Padres, y conforme a la fe que la Iglesia católica ha profesado siempre».