El 21 de agosto, la Comisión Teológica Internacional publicó un nuevo documento titulado «Caring for Our Common Home: Una respuesta responsable y fraternal al Dios Trinitario». En él se reviven abiertamente las ideas heréticas del teólogo jesuita Pedro Teilhard de Chardin, afirmando que el universo se halla en constante evolución y orientado hacia el futuro, y que toda reflexión sobre Dios debe tomar en cuenta esta naturaleza holística y cambiante del cosmos. En pocas palabras, toda teología ha de fundamentarse en una comprensión «esencialmente evolutiva» de la realidad.

«Dos rasgos de la realidad cósmica son innegables: su evolución holística, abierta al futuro, y el hecho de que el espacio y el tiempo son partes integrales de la naturaleza, como lo son la materia y la energía, y que ellos, junto a estas, participan de la historia evolutiva del cosmos», afirma el documento.

«Sobre esta base, un modelo adecuado para una realidad esencialmente evolutiva es el de una ontología relacional, que presenta una interesante analogía con la impronta trinitaria de la creación. Se invita a filósofos y teólogos a tomar en cuenta estos rasgos fundamentales de la realidad cósmica y a extraer las posibles consecuencias en sus respectivos ámbitos de competencia. Se trata de una perspectiva que merece ser explorada más a fondo por los filósofos y teólogos», prosigue el texto.

Asimismo, el mismo documento declara que el teísmo tradicional —la creencia en un Creador absolutamente trascendente— ha quedado superado, y defiende el «panenteísmo» como una nueva manera de entender la relación de Dios con el mundo, pese a que esta concepción había sido ya rechazada por la enseñanza oficial de la Iglesia.

«Según esta perspectiva [panenteísmo], el mundo existe en Dios, mientras que Dios, a su vez, lo trasciende. A diferencia del teísmo clásico, que suele enfatizar la distinción entre Dios y la creación, y del panteísmo, que identifica a Dios con el mundo, el panenteísmo combina la inmanencia y la trascendencia divinas. Esta visión ofrece un marco interpretativo para comprender cómo Dios puede estar íntimamente presente en cada aspecto de la realidad sin determinarla de manera coercitiva», afirma el documento.

Sin embargo, el Primer Concilio Vaticano (1869-1870), en la constitución dogmática «Dei Filius», condenó solemnemente y anatematizó el panteísmo y todas sus variantes.

En el capítulo dedicado a Dios Creador, Dei Filius establece una barrera ontológica infranqueable entre el Creador y la criatura, definiendo la naturaleza divina con atributos que excluyen todo género de inmanentismo.

Dado que Dios es «eterno, infinito en inteligencia, voluntad y en toda perfección… distinto del mundo… inefablemente exaltado sobre todas las cosas que son y pueden concebirse fuera de Él», se sigue que «si alguno dijere que la sustancia o esencia de Dios y de todas las cosas es una y la misma» o que «la esencia divina, por su manifestación y evolución, se hace todas las cosas», propone una doctrina que no es católica, según establecen los cánones de la susodicha Constitución.

Además, la distinción teórica entre panteísmo y panenteísmo, tal como aparece en el nuevo documento vaticano, es engañosa y falaz desde el punto de vista lógico, y parece obedecer a una estrategia terminológica deliberada encaminada a hacer aceptable dentro de la Iglesia algo que la doctrina católica tradicional ya ha condenado de manera solemne e infalible.

En efecto, si el panteísmo afirma que Dios y el universo coinciden, mientras que el panenteísmo sostiene que el universo es parte de Dios pero que Dios no se agota en él, ambas visiones niegan la trascendencia absoluta de Dios. Esto basta para situar el panenteísmo bajo las condenas emanadas del Primer Concilio Vaticano.

El panenteísmo («todo está en Dios») preserva intacta la raíz del panteísmo («todo es Dios»), es decir, la idea de que el universo posee una sustancia divina. Ambas visiones implican que Dios no es espíritu puro y acto puro —como enseña la teología clásica— y que posee una naturaleza evolutiva, dado que todo cambia en el universo.

Este giro, presentado como una reinterpretación ecológica y relacional de la teología, corre el riesgo de socavar doctrinas fundamentales como la Creación, el Pecado Original, la Redención y la necesidad de la Cruz de Cristo.

En el documento hay además elementos problemáticos: la introducción de un nuevo —pero vago— «pecado contra la creación», la adhesión a marcos ecológicos alineados con la ONU y la integración positiva de la cosmología evolutiva de Teilhard de Chardin.

Teilhard de Chardin fue un sacerdote jesuita francés, filósofo y paleontólogo, y uno de los principales teólogos neo-modernistas del siglo pasado. Buscó reconciliar la teología cristiana con la ciencia moderna, especialmente la teoría evolutiva, que trató como un hecho indiscutible. Creía que el universo evoluciona constantemente hacia una mayor complejidad y unidad espiritual, culminando en lo que denominó el «Punto Omega», una fase final de convergencia en Cristo.

En su visión, Jesucristo es la personificación de la «conciencia colectiva» que el universo entero tendrá de sí mismo al término y culmen de su evolución. Teilhard consideraba la materia y el espíritu como dos dimensiones de un mismo proceso cósmico, arguyendo que la creación no es un acto completo, sino un proceso en marcha en el que participa la humanidad.

Legitimar el panenteísmo avanza coherentemente un largo proceso modernista que fusiona panteísmo, socialismo y ecologismo en un único sistema teológico-político. Al divinizar el cosmos y presentar a la humanidad como capaz de redimirse a sí misma mediante una evolución colectiva, la nueva enseñanza magisterial corre el riesgo de borrar la necesidad de la gracia y la redención, «reduce a Cristo» a un mero ejemplo moral, y transforma a la Iglesia en una institución socio-política en lugar de una comunidad salvífica.