Noelia Castillo, durante una entrevista concedida a la cadena española Antena 3 poco antes de su muerte, el 26 de marzo de 2026. (Captura de pantalla.) ANTENA 3
Noelia Castillo Ramos fue separada de su familia a los 13 años debido a dificultades sociales y personales. Fue entonces colocada en un centro de protección de menores en Cataluña.
Víctima de agresiones sexuales (allí o fuera, no está bien establecido actualmente), quedó muy afectada y en 2022 intentó acabar con su vida lanzándose desde el quinto piso. Sobrevivió, pero quedó parapléjica, viviendo desde entonces con una gran dependencia y dolores crónicos.
En los años siguientes, Noelia emprendió un proceso para obtener la eutanasia, autorizada en España bajo ciertas condiciones, incluyendo sufrimientos psíquicos considerados graves y persistentes. Su padre se opuso a esta decisión y libró una batalla judicial hasta el final, incluso ante la Corte Europea de Derechos Humanos, pero ella lo desestimó recientemente. Argumentaba que su hija no había elegido morir sino que había dejado de creer que podían ayudarla a vivir.
Ayer, pues, fue asesinada, a su solicitud, por un supuesto «cuidador» (el fraude de las palabras es aquí particularmente chocante).
El Estado había juzgado a sus padres incapaces de protegerla. No lo hizo mejor que ellos, es lo menos que se puede decir…
Esta historia horrible debe hacer reflexionar a quienes, en Francia, no se oponen al proyecto de ley «sobre el final de la vida», que constituye una ruptura antropológica y civilizacional mayor y que, bajo el pretexto del humanismo, conduciría inevitablemente a la inmoralidad más brutal y a lo inhumano.