La fotografía en cuestión muestra al sacerdote agustino Robert Prevost, ahora conocido como el Papa León XIV, arrodillado entre otros participantes durante un ritual dedicado a la Pachamama, la llamada "Madre Tierra". Esta imagen, lejos de ser inocua, contradice las excusas ofrecidas tras el incidente de los Jardines Vaticanos en 2019, donde se afirmó que el Papa desconocía el evento y simplemente observaba para dialogar. Aquí, la participación es evidente, lo que agrava considerablemente la situación.
El contexto de esta fotografía es preciso: un coloquio agustino, cuyas actas se publicaron en 1996. El pie de foto es claro e inequívoco: se trata, en efecto, de la celebración del ritual de la Pachamama, un culto agrícola de las culturas andinas de Perú y Bolivia. La presencia del Papa en este ritual pagano, reconocida por sacerdotes que lo conocieron y comparada con otras fotografías de la misma época, plantea una pregunta inevitable: ¿ante qué estaba arrodillado?
En la tradición católica, arrodillarse no es un simple gesto, sino un acto de adoración, el reconocimiento de un poder superior, un acto realizado ante la Eucaristía, ante Cristo verdaderamente presente. Hoy en día, en muchas iglesias, este gesto se desaconseja, se ridiculiza o incluso se prohíbe. Sin embargo, en esta fotografía, este mismo gesto parece estar dirigido a un ritual pagano.
La gravedad de esta situación se acentúa aún más por el hecho de que, según los documentos, la Misa también se celebra en el mismo lugar, en el mismo espacio utilizado para el ritual de la Pachamama. Los mismos participantes, el mismo contexto: primero la adoración de la tierra, luego el sacrificio eucarístico. Esta confusión atenta contra la esencia misma del culto católico.
Durante la época de Bergoglio, las reacciones de los cardenales y obispos de la Iglesia fueron vehementes. El arzobispo Gerhard Müller habló de un crimen contra la ley divina. El cardenal Raymond Burke afirmó que había ocurrido un suceso muy grave en la Basílica de San Pedro. El arzobispo Carlo Maria Viganò declaró que esta imagen era un signo de la profunda crisis que atraviesa la Iglesia. Estos testimonios son concretos, públicos y documentados. En la teología católica, las acciones públicas tienen un peso considerable. La fe no es solo interna, sino también externa. Se manifiesta, es visible. Y cuando una acción pública contradice la fe, el problema no puede ignorarse.
Por eso, en la tradición de la Iglesia, el principio es claro: un pecado público merece una respuesta pública. No para humillar, no para condenar a la persona, sino para restaurar la verdad, evitar el escándalo y proteger a los fieles. Y es aquí donde el silencio se vuelve ensordecedor. Porque si todo esto es falso, debe refutarse. Si es cierto, debe aclararse. No podemos permanecer neutrales. No podemos permitir que un problema de tal magnitud sea absorbido, olvidado o minimizado.
Una comparación cruda es inevitable: la de los mártires. Hombres, mujeres y niños que, en el primer siglo, prefirieron la muerte antes que ofrecer siquiera un grano de incienso a un falso dios. No realizaron gestos grandiosos ni espectaculares, sino uno mínimo pero decisivo, porque sabían que incluso un pequeño acto externo podía ser una negación de la fe. ¿Y qué vemos hoy? Sacerdotes, obispos y figuras de alto rango participan en ritos ambiguos, que rozan el sincretismo, y que siembran confusión entre los fieles. La Iglesia parece haber perdido el sentido de los límites. Ya no distingue claramente entre adoración y diálogo, entre respeto y compromiso, entre apertura y abandono.
Por lo tanto, el verdadero problema no es la fotografía. Es solo el punto de partida. La pregunta es mucho más profunda: ¿qué revela esta imagen? ¿Qué dice sobre los acontecimientos ocurridos en la Iglesia en las últimas décadas? ¿Qué dice sobre el camino que ha tomado? Si este episodio fuera cierto y aislado, ya sería grave. Pero si fuera un signo de algo más grande, entonces el problema adquiere una dimensión completamente nueva. Llegado ese momento, ya no podemos fingir que no ha pasado nada. Ya no podemos escudarnos en etiquetas. Ya no podemos descartarlo todo como un ataque, una exageración o una controversia. No se trata de tomar partido, sino de afrontar la realidad. Y la realidad, cuando se manifiesta, siempre exige una respuesta.
Pero una pregunta pesa más que todas las demás: si esto es cierto, ¿cuán profunda es la crisis?