I. UNA ENFERMEDAD, UN REY, UNA FÓRMULA

Las escrófulas —nombre popular de la adenopatía cervical tuberculosa crónica— eran en la Edad Media una aflicción terriblemente visible: ganglios supurantes, fístulas purulentas, llagas que exhalaban un olor fétido. Una enfermedad de los cuerpos miserables, resistente a todos los remedios conocidos. Y sin embargo, fue precisamente esta enfermedad la que la tradición real francesa había elegido para manifestar el poder sobrenatural de sus soberanos.

La ceremonia estaba codificada desde el siglo XII. Después de su coronación en Reims, el rey se dirigía hacia los enfermos dispuestos en filas, previamente seleccionados por los médicos reales. Con su mano derecha, trazaba una señal de cruz sobre el rostro tumefacto y pronunciaba la fórmula:

«El rey te toca, Dios te sana.»

Seis palabras de una precisión teológica notable: Dios actúa, el rey no es más que la mano. Intercesor, mediador —y no taumaturgo en nombre propio. Esto explica por qué, según la tradición, Felipe I en el siglo XI perdió este poder cuando sus faltas lo hicieron indigno de ser su vehículo. El don no le pertenecía: le era confiado, bajo condición.

II. MARC BLOCH: REHABILITAR LO EXTRAÑO

En 1924, Marc Bloch publica Los Reyes taumaturgos, obra maestra de antropología histórica. Este historiador —que morirá fusilado por la Gestapo veinte años después— no busca probar o refutar el milagro. Plantea una pregunta infinitamente más fecunda: ¿cómo pudo establecerse tal creencia, durar siete siglos, para finalmente extinguirse con Carlos X en 1825?

Su respuesta es de una finura notable. El toque real fue a la vez causa y efecto de la aureola mística que rodeaba al soberano. Elevó el prestigio de la monarquía —pero nunca habría encontrado credibilidad sin la convicción unánime que reconocía al rey ungido un carácter sagrado. Bloch remonta la genealogía del rito hasta Roberto el Piadoso, lo fija bajo Luis VI, y muestra cómo el privilegio se volvió hereditario: ya no vinculado a la santidad personal del príncipe, sino a su función. El don, transmitido con la corona y la unción.

III. LA AMPLITUD DE UN RITO POPULAR

Lo que llama la atención en las fuentes es la amplitud vertiginosa del fenómeno. La ceremonia no era un rito confidencial reservado a algunos notables: atraía multitudes llegadas de toda Europa —españoles, alemanes, italianos— que realizaban el viaje para acercarse al rey. La ceremonia tenía lugar hasta cuatro veces al año, en las grandes fiestas litúrgicas. Luis XIII toca a más de 800 enfermos a los diez años. Francisco I recibe a más de 1.500 en un solo día. Luis XIV, alrededor de 2.000 en 1696. Luis XVI, 2.400 en su primer toque, con cinco curaciones declaradas por los médicos presentes.

La ceremonia seguía un protocolo minucioso: médicos reales, capitán de la guardia, ritual de lavado de manos con tres servilletas diferentes al término del toque. Este último detalle, estudiado por el historiador Stanis Perez, dice algo esencial: el rey era un hombre de carne, expuesto a los mismos contagios que sus súbditos, y sus médicos lo protegían en consecuencia.

IV. LOS MÉDICOS, ENTRE DEFERENCIA Y ESCEPTICISMO

Los médicos del Gran Siglo navegaban en aguas turbias. Criticar el ritual habría sido un crimen de lesa majestad; afirmar que sanaba a cada enfermo, una mentira evidente. André Du Laurens, primer médico de Enrique IV, atestiguó el poder real recordando subrepticiamente que existían otros remedios. El barón Alibert, médico de Carlos X, fue más tajante: en su Monografía de las dermatosis, no mencionó en momento alguno curación alguna milagrosa. El silencio, a veces, dice más que las palabras.

Hoy en día, la ciencia ha sentenciado. Las remisiones espontáneas de la tuberculosis ganglionar —enfermedad de evolución caprichosa— explican las curaciones declaradas. ¿Los 2 a 3 % de pacientes que se decían curados después del toque? La emoción, la fe, lo que llamamos efecto psicosomático. La biología, no el milagro.

El 31 de mayo de 1825, Carlos X toca las escrófulas al día siguiente de su coronación. Ciento veinte enfermos solamente se presentan —cifra irrisoria comparada con los miles de antaño. Fue la última ceremonia de este tipo en la historia de Francia. Chateaubriand, en desgracia en la corte, deja de ella la fórmula más lúcida:

«Ya no hay mano lo bastante virtuosa para sanar las escrófulas, ni santa ampolla bastante salutífera para volver a los reyes inviolables.»

La monarquía restaurada jugaba a ser fantasma de sí misma. El rito sobrevivía a la creencia que lo animaba. Cinco años después, los Tres Gloriosos se llevaban a Carlos X.

V. LO QUE LA CIENCIA NO PUEDE ZANJAR

¿Se puede reducir el toque de las escrófulas a una ilusión colectiva? La pregunta merece ser planteada con rigor. Pues el don de sanación —carisma designado bajo el nombre de charisma iamatum— no es una antigüedad pasada. San Pablo lo menciona entre los dones del Espíritu (1 Co 12, 9) y la Iglesia católica continúa reconociéndolo. Y curaciones inexplicables continúan siendo documentadas en el marco de los procedimientos de beatificación.

Los reyes de Francia eran ungidos el día de su coronación como tenientes o intercesores entre Dios y su pueblo. No era el rey como individuo quien sanaba: era la unción la que lo constituía como vehículo de una gracia que lo trascendía. Rechazar el rito en nombre de la bacteriología es quizás confundir dos órdenes de realidad. Que la escrófula sea de origen tuberculoso, nadie lo cuestiona. Que la gracia divina pueda actuar a través de signos humanos, es una afirmación que pertenece a un registro que la ciencia no puede ni confirmar, ni desmentir.

La longevidad del toque de las escrófulas —más de siete siglos ininterrumpidos— es un hecho histórico que fuerza el respeto. Dice algo profundo sobre la concepción francesa de la autoridad. La República heredó las formas del Estado real —centralización, unidad del mando— pero secularizó su legitimidad. El presidente es elegido; el rey era ungido. No es lo mismo.

Las creencias colectivas son hechos históricos tanto como las batallas y los tratados. Marc Bloch lo había comprendido mejor que nadie: ignorarlas es condenarse a no comprender nada de quienes las compartían —y quizás a no comprenderse a uno mismo. Las multitudes de escrofulosos que se apretujaban ante los palacios reales buscaban, en el gesto de un hombre ungido, la huella visible de un poder invisible. Que este poder sea real o simbólico, tenía un efecto sobre el mundo. ¿Hemos dejado realmente de buscar lo mismo?

Eudes de Orleans

Las multitudes de escrofulosos que se apretujaban ante los palacios reales buscaban, en el gesto de un hombre ungido, la huella visible de un poder invisible. ¿Hemos dejado realmente de buscar lo mismo?

FUENTES Y REFERENCIAS

1. Marc Bloch, Les Rois thaumaturges, Strasbourg, Librairie Istra, 1924 (reedición Gallimard, col. « Bibliothèque des Histoires », París, 1983).

2. Stanis Perez, « Le toucher des écrouelles : médecine, thaumaturgie et corps du roi au Grand Siècle », Revue d'histoire moderne et contemporaine, n° 53-2, 2006.

3. Françoise Deherly, « Les rois guérisseurs », Gallica / Blog BnF, julio 2021.

4. Michel Andrieu, reseña de Marc Bloch, Revue des Sciences Religieuses, tomo 4, fascículo 4, 1924.

5. François-René de Chateaubriand, Mémoires d'outre-tombe, 3.ª parte, libro IX, París, Penaud frères, 1849-1850.

6. San Pablo, Primera epístola a los Corintios, 12, 7-11, in La Biblia (traducción litúrgica oficial), París, Mame-Desclée, 2013.