El Vaticano ha publicado recientemente un «documento conmemorativo» con motivo del 60.º aniversario de la «promulgación» de Nostra Aetate, la «Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas» del Concilio Vaticano II.

El texto contiene errores relativos a:

  • La naturaleza de la religión,

  • Las fuentes de la revelación,

  • La virtud teologal de la fe,

  • La encarnación de Nuestro Señor,

  • La relación entre la antigua y la nueva alianza,

  • Los deberes del Estado hacia la verdadera religión,

  • La necesidad de la Iglesia para la salvación,

  • La misión de la Iglesia hacia quienes se hallan fuera de su redil,

  • El modo en que los bautizados han de reconciliarse con la Iglesia,

  • La prohibición de participar en cultos falsos,

  • El uso legítimo de la fuerza por parte de una sociedad en defensa propia.

Bajo los errores específicos pueden discernirse los sistemas erróneos del naturalismo, el liberalismo y el modernismo.

Considerado en su conjunto, el texto es incompatible con la profesión pública de la fe católica y la unidad visible de la Iglesia de Cristo.

Los autores del texto

El documento, «A Journey of Hope: Sixty Years of Interreligious Dialogue and Fraternity in the Light of the Conciliar Declaration Nostra Aetate», ha sido publicado en nombre de tres cardenales del Vaticano y sus secretarios.

Los cardenales son:

  • El cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, figura clave en la implementación de los programas tanto de Francisco como de León.

  • El cardenal Kurt Koch, prefecto del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, bajo cuya dirección dicho dicasterio produjo un documento que he descrito anteriormente como un plan para transformar el papado en el marco del «compromiso de construir una Iglesia sinodal».

  • El cardenal George Koovakad, prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, quien también se ha mostrado fiel adherente del programa revolucionario, como puede apreciarse, por ejemplo, en su mensaje a los musulmanes con motivo del Ramadán.

El 22 de junio de 2026, el documento fue aprobado por León XIV, quien «ordenó su publicación», la cual tuvo lugar el 16 de septiembre de 2026.

Una ruptura clara con el pasado

«A Journey of Hope» no oculta su falta de continuidad con la enseñanza de la Iglesia católica.[1]

De hecho, el documento es refrescantemente sincero acerca de las novedades introducidas por el Vaticano II y la contradicción entre el nuevo enfoque y el antiguo. El documento afirma sobre Nostra Aetate:

Mucho más que un mero texto, marcó un cambio profundo en la comprensión y expresión por parte de la Iglesia de su relación con los seguidores de otras religiones.[2]

Hizo «posible superar actitudes de exclusión, desprecio o indiferencia que habían prevalecido durante largo tiempo».[3]

El documento habla de «la nueva actitud de la Iglesia hacia otras confesiones y tradiciones religiosas, surgida del Concilio Vaticano II» y señala que, desde el Vaticano II, «las religiones no cristianas ya no deben ser vistas como adversarias, sino como compañeras de camino».[4]

Nostra Aetate «transformó radicalmente el rostro de las relaciones interreligiosas», como resultado de lo cual:

La Iglesia ha pasado de una actitud a menudo reservada o distante a un camino valiente de diálogo sincero, encuentro respetuoso y cooperación fraterna.[5]

Llevar la revolución más lejos

En «A Journey of Hope», León XIV y sus colaboradores se muestran abiertos respecto a su intención de llevar esta revolución más lejos, con el fin de alcanzar el objetivo de construir «una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias». Las diferencias que deben aceptarse son específicamente las diferencias religiosas de «creyentes de distintas tradiciones».[6]

Los autores consideran que «es necesario un auténtico cambio de mentalidad». Esto significa «abandonar la lógica de la actitud defensiva, la hostilidad o la conquista para adoptar una actitud abierta, benévola y valiente».[7]

En el párrafo 55 leemos que «es hora de promover una nueva ética del diálogo»:

Ya no se trata de temer o mantener la distancia con el «otro creyente» —otra civilización, otro modo de pensar—, sino de atreverse al encuentro. Aquel que antaño era percibido como una amenaza, un enemigo al que temer, al que respetar solo desde la distancia, o incluso al que destruir, puede convertirse en un interlocutor de diálogo, un aliado, un amigo, incluso un «peregrino de la verdad» con quien se comparte un tramo del camino.[8]

Los autores prosiguen:

Las civilizaciones y las religiones pueden ciertamente entrar en tensión, pero también pueden resonar entre sí en una dinámica creativa, sabiendo transformar la diversidad en solidaridad. La alteridad ya no debe vivirse como un obstáculo, sino como un desafío que abrazar. En un mundo confinado dentro de los asfixiantes límites de la inmanencia, los creyentes pertenecientes a distintas religiones no desean renunciar a presentar al mundo la verdad de la trascendencia y el amor de Dios por todos los hombres.[9]

Y sostienen que:

Los modelos monolíticos y aislados, que fomentan una visión cerrada de la realidad, se revelan cada vez más inadecuados y, en última instancia, se convierten en fuentes de violencia y sufrimiento para los más vulnerables. El atrincheramiento defensivo en la propia posición y la concepción del proselitismo como único modo de relacionarse con el otro carecen ya de sentido en un mundo que se asemeja cada vez más a una aldea global interconectada y en constante evolución.[10]

Citando a Francisco, el texto afirma:

Han quedado atrás los días en que un modo de pensamiento insular podía determinar un enfoque del tiempo y del espacio y parecer ofrecer una vía válida para resolver conflictos. Ahora es el momento de ser audaces y concebir la lógica del encuentro y el diálogo mutuo como camino, la cooperación común como código de conducta, y el conocimiento recíproco como método y criterio. De este modo, podremos ofrecer un nuevo paradigma para la resolución de conflictos y contribuir a fomentar una mayor comprensión y la protección de la creación. En este sentido, las religiones, al igual que las universidades, tienen mucho que ofrecer, sin tener que renunciar a su carácter específico ni a sus dones particulares. Todo lo que hagamos en este ámbito será un paso significativo hacia la garantía del derecho de las jóvenes generaciones a su futuro, al tiempo que servirá a la causa de la justicia y la paz.[11]

El objetivo al que tiende el documento de León XIV no es la conversión de la humanidad a Cristo, sino más bien la coexistencia de las falsas religiones con la religión revelada por el Creador y Salvador del hombre, la cual Él ordena que sea creída por todos (cf. Mc 16, 15-16). Nostra Aetate sigue siendo «de gran actualidad», afirma el documento, en un mundo que busca «una coexistencia pacífica dentro de una ciudadanía universal fundada en la fraternidad y el reconocimiento mutuo».[12]

El nuevo texto afirma que una «dimensión integral» de la actividad misionera de la Iglesia es «el diálogo de vida, consistente en la coexistencia respetuosa y fraterna entre creyentes de distintas religiones».[13] Presenta asimismo el «diálogo interreligioso» como «una dimensión esencial y complementaria» de «la proclamación explícita del Evangelio».[14]

Mediante este juego de manos, el documento logra insistir simultáneamente en la proclamación del Evangelio, al tiempo que despoja a esa expresión de su significado auténtico.

La Iglesia se opone al error porque ama a la humanidad

Las citas anteriores, aunque extensas, representan tan solo una selección de las numerosas afirmaciones similares contenidas a lo largo del documento. Manifiestan claramente dos de las posiciones centrales del texto:

  1. Que la enseñanza auténtica de la Iglesia sobre las demás religiones era «defensiva», «insular» y estaba fundada en el «miedo» y otras características negativas.

  2. Que la alternativa propuesta a esta actitud es un «nuevo paradigma» de «diálogo» y «coexistencia».

Tanto la caracterización que el texto hace de la verdadera enseñanza de la Iglesia como la solución propuesta son falsas.

La Iglesia Católica se ha dirigido hacia el exterior, hacia la totalidad del género humano, más que cualquier otra institución en la historia de la humanidad. Sus misioneros han partido desde el día de Pentecostés para congregar a toda la humanidad en una sola Iglesia universal. La Iglesia busca a cada persona que su Divino Fundador ha creado con amor. Desea poner a cada hombre, mujer y niño, de toda raza y nación, bajo su cuidado amoroso.

Cuando la Iglesia se encuentra con cada sociedad y cultura, no pretende imponer ninguna ideología fabricada por el hombre, ni rechazar bien natural alguno. Busca únicamente enseñar aquellas verdades destinadas a toda la humanidad, y que Dios mismo ha revelado; ofrecer el culto y los sacramentos que nos unen a Dios, y dirigir las almas en todo aquello que atañe a su salvación eterna.

Bajo su tutela divinamente asistida, todos los pueblos pueden alcanzar su mayor gloria y ver sus dones y características particulares elevados a un estado superior de desarrollo y perfección.

El Papa Pío XII enseñó que «las naciones» poseen «diversas condiciones de vida y de cultura». Ellas «enriquecen y embellecen [al género humano] mediante la comunicación de sus propios dones peculiares» y por un «intercambio recíproco de bienes».[15] Sin embargo, este enriquecimiento solo es posible y eficaz «cuando un amor mutuo y un vivo sentido de la caridad unen a todos los hijos del mismo Padre y a todos los redimidos por la misma Sangre Divina».[16] La humanidad solo puede hallar la unidad en la caridad sobrenatural dentro de la unidad de la Iglesia Católica.

La Iglesia busca siempre el bien genuino de toda la humanidad, tanto en las cosas naturales y temporales como en las sobrenaturales y eternas. Solo procura eliminar aquello que siempre es nocivo para el hombre, a saber, el error y el pecado.

Se opone a ellos de manera completa e irreconciliable porque nos dañan en esta vida y ponen en peligro nuestra felicidad eterna en la otra. Es precisamente porque nos ama por lo que la Iglesia combate todos los errores y pecados que nos amenazan.

El Padre Réginald Garrigou-Lagrange, O.P., expresó admirablemente esta verdad cuando escribió:

En la Iglesia encontramos de nuevo esta misma armonía entre cosas sumamente difíciles de conciliar. En ella, la caridad más compasiva y la doctrina más firme e intransigente se unen en un solo amor, que es el celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Ella sabe que no puede hacer bien alguno sin combatir el mal, que no puede predicar el Evangelio sin luchar contra la herejía. La misericordia y la firmeza doctrinal solo pueden existir unidas; separadas mueren, y no nos quedan sino dos cadáveres, a saber, el liberalismo humanitario con su falsa serenidad, y el fanatismo con su falso celo.

Se ha dicho: «La Iglesia es intolerante en principio porque cree; es tolerante en la práctica porque ama. Los enemigos de la Iglesia son tolerantes en principio porque no creen, e intolerantes en la práctica porque no aman».[17]

León XIV y sus cardenales han abandonado la armonía de la doctrina católica por el «cadáver» del «liberalismo humanitario con su falsa serenidad». Este camino no conduce sino a la miseria en esta vida y a la agonía eterna en la otra.

He aquí por qué es tan importante que los errores doctrinales de este documento sean refutados. En la próxima parte de esta serie, profundizaremos en nuestro análisis de este texto mortífero.

Referencias

↑1Como es habitual en este tipo de textos vaticanos, apenas reconoce el oficio de enseñanza de la Iglesia anterior al Concilio. El texto contiene 95 referencias, pero solo una es una cita de un acto del magisterio anterior al Vaticano II, y el documento afirma que la Iglesia ha ido «más allá» de ella.[1] El único libro citado anterior al Vaticano II fue escrito por un protestante. Ochenta y ocho de las referencias remiten a textos del Vaticano II o a documentos eclesiásticos del período conciliar y posconciliar. Esto refleja la realidad de que el enfoque contenido en el texto es una novedad posterior al Vaticano II. Sus errores no pueden ser respaldados por actos auténticos del magisterio de la Iglesia Católica, porque dichos actos los contradicen.

↑2, ↑12A Journey of Hope, n.º 1.

↑3A Journey of Hope, n.º 9.↑

4A Journey of Hope, n.os 16, 18, resumiendo la doctrina de Pablo VI.

↑5A Journey of Hope, n.º 57.

↑6A Journey of Hope, n.º 53.

↑7, ↑10, ↑11A Journey of Hope, n.º 54.

↑8, ↑9A Journey of Hope, n.º 55.

↑13A Journey of Hope, nota 39.

↑14A Journey of Hope, nota 40.

↑15, ↑16Papa Pío XII, Summi Pontificatus, n.º 43.

↑17Reginald Garrigou-Lagrange, God: His Existence and His Nature, Vol. II (trad. Dom Bede Rose, 1936).